La primera revista de autoayuda y crecimiento personal de Venezuela
Edición No. 85

 






Amor con discernimiento

Jorge Carvajal

Llega un momento en que despertamos a la inocencia consciente. Ya no somos sólo inocentes sino que esa inocencia está cargada de luz; ya no somos sólo amor sino que es amor con discernimiento. En ese momento ascendemos las escaleras oscuras del sótano del templo y accedemos a nuestro corazón, accedemos a nuestro templo interno, encontramos nuestro Sol interior, encontramos que la vida sí tenía sentido pero que el sentido de la vida no eran los sentidos, ni el placer, ni el poder, sino que el placer y el poder son instrumentos del sentir. En ese momento, ya no vivimos para el placer ni para el poder, pero aceptamos al placer y al poder como trampolines del sentir. Sin placer y sin poder el sentido está desnutrido.
Llega el momento en que ya no me identifico con lo que ven mis ojos y comprendo que, lo que ven mis ojos, son proyecciones de mi conciencia; ya no me identifico con lo que oigo y comprendo que, aquello que oigo, también es parte de mí, y llega la fluidez que me permite ver a todos los seres y las cosas como una parte de la creación, como una parte de la naturaleza, y ver que yo soy parte de esa misma naturaleza, de la naturaleza viva que se expresa con sentido a través de mis sentidos.
En ese momento, soy el consentido de la vida, el consentido del alma, el consentido no dependiente de nada de fuera, sino el que tiene un sentido interior, el que hace las cosas para vivir y no vive para las cosas. En ese momento se empieza a invertir nuestra evolución. Es el momento del despertar. El niño interior despierta a la conciencia, a esa conciencia del observador.
¿Cómo despierta la conciencia del observador? Descubriendo que tenemos el instrumento de la razón, que tenemos una mente, que es un instrumento maravilloso, la mayoría no lo hemos estrenado, desafortunadamente, pero esa mente sirve para hacer presente la historia. Cuando hago presente mi historia la revivo, si la revivo la puedo reinterpretar y si la reinterpreto la cambio; porque lo que vive en mí son creencias o interpretaciones de lo que he vivido y esas creencias o interpretaciones las puedo cambiar porque las puedo leer con un nuevo código de lectura.
¿Cuál ha sido nuestro código de lectura hasta ahora? En primer lugar: la creencia en verdades absolutas, que no son verdades vivas. El principio de autoridad externo, un Dios afuera no un Dios cercano, próximo, cariñoso que vive en nuestro corazón.
Una vez se estaba muriendo un pintor muy famoso y le preguntaron si no tenía temor a la muerte, él que había vivido tan lejos de Dios, y él miró extrañado a la persona que le hacía la pregunta y le dijo: “pero si Dios estaba en mis colores, pero si Dios estaba en mis paisajes, pero si Dios era la danza, era la armonía, eran mis cuadros; pero si yo he vivido que la profesión de Dios es el perdón, porque Dios es amor y Dios es tan bueno en su profesión como yo en mi pintura; yo no necesito en este momento ninguna ayuda porque tuve la ayuda toda la vida, se expresó a través de mi arte”.
Frecuentemente estamos buscando a Dios solamente en el Sagrario, pero no buscamos a Dios en la danza de la Creación. Confundimos al Creador con Su danza y solamente buscamos al Creador pero no entendemos que el Creador se manifiesta a través de la Creación, a través de Su danza. Y Su danza somos también nosotros, y los ojos de los otros, y son nuestros hijos. La Naturaleza, toda, es expresión de la inteligencia de Dios, es experiencia, expresión viva de la danza de la Creación. Yo puedo reconocer a Dios a cada instante, no sólo en el templo, en la religión, o en la ideología, sino que lo puedo reconocer más allá de toda ideología, vivo en toda vida, en todo el arte de la Creación. Cuando yo logro hacer eso, entonces, hago lo que hago como si fuese un niño y voy más allá de la inocencia hasta la identificación.
Un niño se identifica con todo aquello que hace, con todo aquello que ve. Un niño no separa muy bien el paisaje fuera del paisaje dentro, él vive sin ningún raciocinio intelectual el hecho de que la montaña está en su retina, en sus ojos y en su corazón y vive simplemente la montaña, porque vive el presente. Un niño es capaz de identificarse, y cuando uno se puede identificar, mágicamente, se quiebra la coraza, la personalidad, se quiebra el separatismo, el egoísmo, el apego, la dependencia, y surge la relación sanadora, que es una relación genuina.
Esa relación genuina, esa identidad del niño, no es desde el análisis ni desde la lógica, es desde el pleno sentir. Cuando rescato la posibilidad plena del sentir rescato la posibilidad de identificarme, y, cuando me identifico con el otro, se está manifestando la Ley del Alma, que es la ley de la fusión. Cuando yo realizo esa fusión mi historia cambia y mi pasado se vuelve presente y, mágicamente, el pasado que era doloroso, o de temor, se vuelve un pasado que revela su código secreto de amor.
No hay absolutamente ninguna experiencia nuestra sin significado. No hay ninguna de nuestras vivencias que no haya sido una lección. Es posible que hayamos o no aprendido la lección, pero igual que, cuando yo recibo una lección y no la aprendo puedo suspender el examen y puedo luego recuperarlo; a fin de año, o en otro año, o en otra vida, o en otro momento de la conciencia, puedo tomar mi cuaderno, el cuaderno de mi historia, releer la lección, releer el poema, y entender el sentido, para darle un sentido a mi historia.
Trascender la inocencia inconsciente que es el Despertar, es descubrir que la vida es una red, es una trama, y esa trama está hecha de cruces, de hilos que se cruzan. Esos hilos que se cruzan forman nudos, no son nudos ciegos, se pueden desanudar, y esos hilos que se cruzan son coincidencias. Esas coincidencias son sincronicidades y esas sincronicidades nos llevan al presente. No hay absolutamente nada que ocurra por azar.
La vida está cargada de sentido, el azar no existe en la vida. Encontrarte es un milagro, la posibilidad de estar ahora y aquí, en este instante, con ustedes, desde el punto de vista cósmico es un milagro, cuya posibilidad de existencia por azar es infinitesimal. La vida misma, la evolución de la vida es imposible de explicar como fruto del azar; que miles de millones de moléculas se hayan asociado para construir un cuerpo, para expresar una inteligencia, para expresar la ley de la fusión, que es la ley del amor, no es posible por azar.
La vida tiene un sentido, un propósito, y una dirección, y ese sentido, propósito, y dirección, se expresa a través de los encuentros, de las sincronicidades, a través de los puntos cruciales; y esos encuentros, claves en nuestra vida, los llamamos las crisis. La enfermedad es una crisis, por eso decimos: la enfermedad es un maestro, la enfermedad está aquí para ayudarnos a crecer.
Cuando el alumno aprende su lección y ya no necesita al maestro, pasa a otro curso, pero las lecciones nunca se van a acabar. No se vayan a creer que yo supero esta crisis para no tener crisis, no es cierto, la vida no es para no tener crisis, si no tenemos crisis estamos muertos. La crisis es nuestra diferencia de potencial. Cuando estamos vivos tenemos crisis; tenemos crisis porque tenemos conciencia; porque estamos creciendo, es decir nos estamos reintegrando, estamos rescatando nuestra integridad y la integridad con el todo.
Ese rescate de la integridad interna es la búsqueda de la sanación, y la sanación es totalidad, es integración, es salud espiritual; la sanación es saltar aquellas brechas donde yo perdí la continuidad de mi conciencia, es acceder al mar de la conciencia.
¿Cómo, entonces accedemos al mar de la conciencia? A mí me impresiona ver un bebé; si ustedes se pusieran a seguir a un muchachito pequeño en sus movimientos terminarían fundidos, incluso la mamá llega preocupada, con el niño, al consultorio, porque el niño tiene 39 de fiebre y dice: “pero este muchacho no se para, tiene 39 y anda en el triciclo, sube y baja las escalas, come, molesta, grita”. Y la mamá está paralizada de miedo y el niño saltando. Porque el niño no sabe qué es la fiebre y no vive la fiebre desde el código del miedo, y continúa el flujo de su vida porque no hay una programación, o un signo de alarma, que lo deprima porque tiene fiebre. Él ni siquiera sabe que tiene fiebre y frecuentemente la disfruta porque eso lo exalta.


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