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LA MILENARIA CIENCIA DE LA ORACIÓN
Carlos Ibarra Castellanos
entiempopresente2@gmail.com
Dicen las Escrituras: "Pedís y no recibís,
porque pedís mal
". En otro célebre pasaje
bíblico, Jesús el Nazareno declara de manera tajante:
"Os digo que cualquiera que diga a este monte Quítate
y échate en el mar, y no dude en su corazón, lo que
diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis
orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá".
Estas lapidarias sentencias nos hacen preguntarnos: ¿por
qué nuestra oración es a veces eficaz y a veces no?
Cuando elevamos nuestras plegarias al Ser Superior, ¿existe
alguna manera idónea de hacerlo? O para decirlo con palabras
modernas, ¿existe una tecnología o ciencia particular
de la oración?
La oración científica: una tecnología espiritual
con milenios de antigüedad
La expresión oración científica parecerá
a algunos un sin sentido. No obstante, ha sido utilizada por diversos
autores en el curso de los últimos dos siglos.
A principios del siglo XX, el pensador norteamericano Emmett Fox
afirmaba que "la oración científica te hará,
tarde o temprano apto para salir tú mismo, o para sacar a
otros, de cualquier dificultad existente sobre la faz de la tierra.
Es la llave de oro de la armonía y de la felicidad. Todo
lo que tienes que hacer es esto: dejar de pensar en la dificultad,
y en su lugar pensar en Dios. No hay diferencia en la clase de dificultad
que sea, puede ser grande o pequeña, pero sea lo que fuere,
simplemente deja de pensar en ello y en su lugar piensa en Dios".
A mediados del siglo pasado, para la entrañable escritora
venezolana Conny Méndez, la oración científica
implicaba que "si tú logras elevar tu pensamiento suficientemente
en altura, el problema se resolverá él mismo. En realidad
ése es tu único problema: el de elevar tu pensamiento.
Tanto más "difícil" sea el problema, lo
cual significa que tanto más enterrado esté en tu
subconsciente ese concepto, más elevada tendrás que
llevar tu conciencia". Concuerda nuestra paisana con el físico
judeo-alemán Albert Einstein: "no podemos resolver un
problema con el mismo nivel de pensamiento que lo creó".
En la novena década del siglo XX, el antropólogo estadounidense
Greg Bradden, en su libro El Efecto Isaías, señalaba:
"hay una poderosa relación entre lo que pasa en nuestro
mundo interior de sentimientos y las condiciones del mundo que nos
rodea. Experimentos recientes en la física cuántica
lo demuestran. Nuestro mundo exterior de acción refleja nuestro
mundo interior de sentimientos: esto se materializa sintiendo nuestras
plegarias como si ya hubiesen sido respondidas. Cuando sentimos
anticipada gratitud con respecto al cumplimiento de nuestras oraciones,
atraemos nuevas posibilidades en nuestras vidas".
Prosigue Bradden: "los resultados de nuestra vida se engranan
perfectamente con los sentimientos que experimentamos; sólo
así entendemos lo que ocurre cuando nuestras oraciones no
son respondidas. Cuando oramos para sanar nuestro cuerpo o nuestras
relaciones, mientras experimentamos enojo, celos o furia, ¿nos
sorprende ver que esas nocivas emociones se reflejen en enfermedades
y perturbadas relaciones de familia, escuela y trabajo?".
Orar para desarrollar el libre albedrío y permanecer en
el presente
Si nuestras circunstancias externas están determinadas por
nuestro mundo interno, entonces la oración puede convertirse
en una potente herramienta para desarrollar el libre albedrío.
¿Podemos afirmar que tenemos libre albedrío mientras
estemos limitados por esos condicionamientos mentales adquiridos
en el pasado, por esas emociones negativas que sabotean nuestras
iniciativas y nos impiden desarrollar una intimidad cada vez más
profunda con Dios?
Dios -vale decir, la realidad trascendente o Yo superior- es perfecto
en el tiempo presente. Al respecto, dice la ya citada Conny Méndez:
"No tiene defectos. No existe en Él la muerte, ni la
enfermedad, ni la pobreza, ni la lucha, ni la guerra, ni lo feo,
ni lo malo". Sólo orando con este potente sentimiento
de certidumbre, podremos despertar a Su imagen y semejanza, y recibir
los infinitos dones que nos depara Su realidad.
En la irrealidad del miedo -lejos, muy lejos de la confianza que
nos confiere el libre albedrío- nuestras oraciones son petardos
inútiles que estallan en la hueca estridencia de la pérdida
y la derrota. En nuestro caso, se nos enseñó desde
niños a dirigir nuestras plegarias a Dios; no obstante, con
el tiempo, dejamos de sintonizarnos emocionalmente con esos inspiradores
versos de infancia para entonarlos de manera mecánica y ritualista,
o peor aún, olvidarlos. En ese momento, nuestras plegarias
-si es que nos tomábamos la molestia de proferirlas- se tornaron
absolutamente ineficaces.
La oración científica que nos armoniza con el Ser
Supremo es de índole estrictamente personal. No importa si
oramos en la soledad de una ermita o en la muchedumbre de una adoración
colectiva: lo relevante es que, en nuestro fuero interno, elevemos
nuestro nivel de pensamiento y conciencia para generar una oración
que esté en armonía con esa realidad trascendente
que sólo puede ser develada por el Poder Superior en el instante
santo del tiempo presente.
Desarrollando nuestra particular manera de orar
Desarrollar nuestra manera particular de orar -única, inimitable
e irrepetible- implicará una búsqueda que nos llevará
por los más diversos caminos psicológicos. Abarca
un abanico de posibilidades tales como la voraz lectura de libros,
contemplar las maravillas de la naturaleza, encerrarse en la inefable
quietud de nuestro cuarto o asistir a las más diversas iglesias
o grupos de sanación. Se trata, en última instancia,
de hallar las vías idóneas para experimentar una profunda
sensación de intimidad con Dios, ya que en Su Divinidad radica
la nuestra.
Orar nos libera de las culpas pasadas y de los miedos al porvenir,
requerimiento indispensable para experimentar esa libertad financiera,
laboral, emocional, material y espiritual que eleva exponencialmente
nuestra calidad de vida. Nuestra voluntad como individuos o sociedades
no es ser prisioneros del miedo. Liberados de los condicionamientos
de la mente, nuestra voluntad -que se hace una con la del Ser Superior-
no tiene límites.
Nuestro planeta, hermoso lucero que acuna el milagro de la existencia,
aguarda con impaciencia la libertad y la paz que le otorgaremos
cuando cada uno de nosotros reconozca que tiene el poder de transformarse
a sí mismo y a su entorno a través de la ciencia sanadora
de la oración.
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