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¿Cómo que las buenas noticias no venden? eso puede ser cierto, claro que si, pero no para todo el mundo, sino para un público pesimista y convencido de que las cosas están mal y que todo va a empeorar.
Confieso que a mi me resultaba difícil a veces conjugar esa “creencia colectiva” con mi colección de pensamientos célebres y de ideas cautivadoras que alguna vez dijeron unos cuantos hombres que alcanzaron el éxito y materializaron sus sueños gracias a mantenerse tercos en su optimismo. Además Gladys, mi mamá, dice siempre como Obama, “Si podemos” y encuentra alguna creativa manera de mostrarnos que eso es verdad. Así fue como aprendimos los hijos de Gladys a “resolver” a sacar un paraguas de colores y sacarle partido a las tormentas de la vida.
Recuerdo una anécdota de Thomas A. Edison, el hombre que quemó miles de bombillos hasta lograr que se hiciera la luz. Dicen que en una ocasión, un alumno suyo le preguntó: "Maestro, ¿cómo es que después de tantas fallas y errores usted sigue adelante?". A lo que el inventor respondió: "¿Fallas y errores? No conozco estas palabras. Sólo puedo decirte que ahora tengo 912 fórmulas de cómo no hacer un bombillo".
Hay personas que no se rinden y se ven capaces de asumir cualquier proyecto porque tienen esperanza de llevarlo a buen fin, inversamente a lo que dicen los pesimistas: "Ya sabía yo que no iba a funcionar". Esperanza y optimismo hacen una dinámica, además, que se retroalimenta: la esperanza genera confianza en uno mismo, la cual genera buenos resultados y con ellos, más optimismo.
Los pesimistas viven a la defensiva. Esperan poco o nada de sus iniciativas por temor a la desilusión y al fracaso. El problema de este modo de vida es que la persona se habitúa a actuar por debajo de sus posibilidades, eso es lo que llaman “mediocridad”, de ahí que los empleadores en las empresas ahora optan por medir los niveles de optimismo de los aspirantes a un cargo y esa medición es más importante que su curriculum o su formación académica. Se ha demostrado que los optimistas superan con creces a los que han obtenido mejor educación formal. Quien piensa en positivo es capaz de actuar al margen del desánimo y encontrar soluciones en aguas revueltas.
Dicen que los norteamericanos llevan la batuta en eso del optimismo, mientras que curiosamente los chinos y japoneses, son estadísticamente los menos optimistas, pues para ellos el pesimismo representa sabiduría puesto que este pueblo ha sabido convivir tradicionalmente con la crisis. Esto hace que los chinos se muestren cautos cuando las cosas van bien y, paradójicamente, esperen un cambio favorable cuando van mal. Ellos no padecen de triunfalismo, ¿será que en la política también lo aplican? De ahí el siguiente proverbio chino: "Si albergas una ramita verde en tu corazón, se posará en ella un pájaro cantor"
Claro que es posible vacunarnos contra el desánimo, alimentando la esperanza pero también la disposición a hacer, a entrar en acción ya que las soluciones maravillosas del genio de la lámpara al final son un 1% de inspiración y un 99% de transpiración.
Finalmente hay quienes se han atrevido a retar los “imposibles” Recuerden estas aseveraciones que hoy se erigen como símbolos mundiales de la equivocación: "El teléfono no puede ser considerado como medio para comunicarse: es un aparato intrínsecamente sin valor" (1876, Western Unión. "En el futuro, los ordenadores no pesarán más de 1,5 toneladas" (1945, revista Popular Mechanics). "No hay ninguna razón por la que las personas tengan un ordenador en casa" (1977, Olsen Digital Corporation). Gracias a Dios, alguien se atrevió a retar lo imposible y mira que hemos avanzado.
Hubo desde siempre quien tuviera el coraje de mezclar fe, esperanza y tenacidad. Estaban convencidos de lograr sus objetivos, pero también eran conscientes de que sólo alcanzarían sus metas tras un trabajo a la altura de lo que quiere lograr. El convencimiento de que las cosas saldrán bien permite explorar hasta dónde somos capaces de llegar. Esta actitud ayuda a capturar el éxito y salvaguarda nuestra salud. De ahí que sería bueno preguntarnos de vez en cuando ¿A qué le tengo más miedo? y mejor aún atrevernos a lo imposible porque finalmente los protagonistas de la historia son los que dijeron “Si Podemos”.
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